Bárcenas y el día del orgullo

Luis Salgado - Alternatiba

Tengo querencia por las personas de moral distraída. Quizás sea porque los moralistas han demostrado sobradamente que saben hacer de la hipocresía hipérbole. Y es que siempre han sido mejores los curas con sotana, se les veía venir y uno podía hacer tres cosas, prepararse para aguantar estoicamente su sermón, preparar el argumentario para la discusión o abandonar antes del combate. Sin embargo sin sotana o con moral, uno desconoce a la persona que se esconde tras esa apariencia normalizada.
 
Me imagino a cualquiera de los Diputados (sí, la mayoría de los intervinientes con “O”) que ayer hicieron preguntas al aire, viendo frente a ellos a una de esas “personas de bien” que con chulería y descaro les vaciló durante unas cuantas horas. Me los imagino y me pongo en su lugar, por afinidad quizás haciendo las preguntas que hizo Oskar Matute, y no lo puedo remediar, sé que no podría evitarlo. ¿Usted es más de volquetes de putas, de tomar algo en el Bar España, o de travestirse en la intimidad de su  piscina? Porque sí, porque debajo de ese traje impoluto y su ancha espalda me lo imagino con la última colección de Victoria´s Secret. Y no me entendáis mal, no me parece ni mal ni bien, al menos la última de las tres opciones dadas. Lo que me supera es la consabida hipocresía.
 
Esas personas rectas e impolutas que nos dicen lo que es normal, cuál es nuestra anormalidad y cuánto hemos de pagar por ello. Y aquí, aunque en un lado más que en otro, no se libra derecha ni izquierda, que la moral es “apolítica” gobernando las instituciones.
 
Siempre me han gustado las personas de moral distraída, porque tienden a ser personas respetuosas, a la espera, tal vez, de que las respeten como merecen. O sin esperarlo si quiera. Exigiendo. Esas personas son las que me enamoran. Las que hartas de ser pisadas, gritan, golpean y patalean para que las escuchen y hacerse escuchar. Desde Sylvia Rivera hasta Laura Bugallo, desde Theo Anna Sprüngli hasta Andrea Momoitio, desde Ullrichs a Mikel Martín, y tantas otras.
 
Pero los moralistas son como las cucarachas, creo que si alguien sobrevive a una explosión nuclear serán ellos. Su capacidad de adaptación es tal que todo lo fagocitan, con cara de asco si es necesario. Así, cuando se abre una brecha en su mundo cerrado, nunca se dan por derrotados, sólo retroceden, un poco, lo justo para que la honorabilidad no se resienta demasiado. Que si hay que soportar que algunos salgan de armario, pues se hace. ¿Que Maroto se casa?, pues vamos al banquete. ¿Que tenemos que aguantar que cuatro maricas, cuatro bolleras y dos trans se manifiesten por la calle? Pues le ponemos un nombre fashion y buscamos la tajada, que la hay, que el Capitalismo es así. Pero hasta ahí. No vayamos más allá. No nos obliguéis a sacar a nuestros perritos a patrullar las fronteras de la moralidad. Porque aceptan a regañadientes la diversidad, siempre que esta sea capaz de mimetizarse con su entorno moral. No pluma. No contestatarias. No rebeldes. Gais sí, pero que no se note demasiado. A poder ser sin muestras de afecto por nuestras calles. Ni un beso casto. A poder ser sin darse la mano. ¿Libertad? En vuestras casas. Lo doloroso es que los readaptados son los primeros cipayos y, de un tiempo a esta parte, la moral es discurso de quienes se dicen liberadas.
 
Y en esas estamos. Mañana, 28 de junio, comerciantes que el 27 y el 29 los expulsan de sus comercios, pondrán un arcoíris en la puerta. Alcaldes y alcaldesas que permiten que los “nazis de orden” den palizas indiscriminadas, mañana celebrarán cada €uro rosa que entre en su bolsillo. Y el 29 todo volverá a la normalidad, yo seguiré amando a mis insurrectas, ellos seguirán atacando a todo lo que se salga de lo establecido. Y mientras nos roban, mientras nos torturan, mientras nos esclavizan con sus impolutos trajes y vestidos “prêt à porter”, yo seguiré sabiendo quién compra los dildos XXL, quién compra por catálogo, quién zarandea la noche en oscuros antros, quién se flagela. Y todo eso con cara de disgustado estreñimiento, como la de Luís el Cabrón que guardó silencio en la comisión del Parlamento mientras disfrutaba de lo robado.
 
“Hipocresía moral y orgasmos enlatados
Prefiero ser libre
Y disfrutar de mis pecados.

Amén” (Sublevados, Live in Alcobendas)