Sobre vacunación, centros de día e (ir)responsabilidad pública (Ander Rodríguez)

Cuarenta personas mayores en situación de dependencia acuden diariamente al centro de día Aiton-Etxe en Oiartzun. La dirección ha anunciado a las familias que en el centro no se administrará vacuna alguna, mientras en su fachada se exhibe el escudo de la Diputación Foral de Gipuzkoa. Afortunadamente, se trata de un hecho aislado; aunque este no podría haberse producido si determinadas decisiones políticas no hubieran propiciado el ecosistema idóneo. Desgraciadamente, nos estamos malacostumbrando a que la responsabilidad de lo que ocurre en los servicios sociales rara vez sea pública.

Supongamos que la gerente de una Organización Sanitaria Integrada de Osakidetza anuncia que en los centros de salud bajo su responsabilidad no se suministrará la vacuna contra la COVID-19. Seguramente, a todas nos parecerá que un suceso así no se podría producir en el Servicio Vasco de Salud. Por el contrario, el Sistema Vasco de Servicios Sociales vivió un episodio semejante del que tuvimos conocimiento en el cambio de año a través de este mismo medio: la directora de un centro de día integrado en la red de responsabilidad pública comunicaba a las familias de las personas usuarias la decisión de “no administrar el medicamento”.

No voy a desmontar los “motivos” argüidos por la dirección del centro para adoptar una medida que no le compete; otras personas lo han hecho con anterioridad, mucho mejor de lo que yo podría hacerlo —un ejercicio pedagógico que, por otra parte, considero imprescindible y en el que debemos persistir—. Mi intención hoy es otra distinta. Lo ocurrido en el centro de día para personas mayores de Oiartzun es un síntoma de una patología que afecta al Sistema Vasco de Servicios Sociales: el progresivo distanciamiento de la noción de ‘responsabilidad pública’.

Antes de nada, conviene que contextualizamos el episodio. La mayoría de las personas usuarias del centro de día para personas mayores Aiton-Etxe acudieron al Sistema Vasco de Servicios Sociales en demanda de cuidados. La Diputación Foral de Gipuzkoa asignó a estas personas una plaza pública en dicho centro. Es decir, independientemente de la propiedad del centro, la mayoría de sus plazas están integradas en la red pública. De este modo, a las personas usuarias del centro de día se les ha negado el derecho al acceso a determinadas prestaciones sanitarias en el seno del Sistema Vasco de Servicios Sociales. No nos encontramos, por lo tanto, ante un problema privado, sino ante un problema público.

La concertación es una modalidad de prestación de servicios contemplada en la Ley 12/2008, de 5 de diciembre, de Servicios Sociales. Esta opción en modo alguno conlleva que las personas usuarias vean mermados los derechos que les corresponden. Hasta aquí, al menos, la teoría. Ahora bien, en la práctica, estamos asistiendo a un proceso progresivo en el que, junto a la prestación del servicio, se externaliza la responsabilidad pública sobre casi cualquier aspecto del mismo.

Cuando la dirección del centro de día Aiton-Etxe se pone en contacto con las familias de las personas usuarias, actúa, a todos los efectos, en representación de la red foral de servicios sociales. Es por eso que, una vez hecha pública la ignominiosa misiva, aguardaba con interés la reacción de la Diputación Foral de Gipuzkoa.

A pesar de que la Diputación Foral de Gipuzkoa tenía conocimiento de lo ocurrido, al menos, desde el jueves día 31, no anunció —ni ha adoptado a día de hoy— ninguna medida hasta que la noticia corrió como la pólvora en otros medios de comunicación. La institución foral utilizaba el indicativo futuro, “se pondrá en contacto con el centro de día Aiton-Etxe para conocer los motivos del escrito”, dando a entender que aún no se había interesado al respecto. De hecho, la dirección del centro sigue afirmando que no se va a administrar la vacuna en sus instalaciones. El tono de la nota de prensa foral era sorprendentemente tibio; afirmaba que, “en su caso, se estudiarán y tomarán las medidas pertinentes”, como si lo ocurrido no constituyera razón suficiente para actuar. Y, lo que es peor, en ningún momento llega a afirmar con rotundidad que en el centro de día de Oiartzun se vaya a realizar la vacunación —si finalmente se establece así por parte de la autoridad sanitaria—.

Lo anterior nos enfrenta a las consecuencias del distanciamiento de la noción de ‘responsabilidad pública’. En primer lugar, la Diputación Foral de Gipuzkoa muestra un preocupante desconocimiento de lo que ocurre en la red foral de servicios sociales. Es más, hemos podido saber que, previamente, el centro de día Aiton-Etxe se negó a participar en la campaña de vacunación antigripal, sin que se desprendiera ninguna actuación por parte de la administración responsable —si es que se tenía conocimiento de ello, claro—.

En segundo lugar, la comunicación de la dirección a los familiares es abordada como si de un problema privado se tratara; en ningún momento parece entender la Diputación Foral de Gipuzkoa que la responsabilidad última le corresponde, puesto que se ha producido en uno de sus servicios. Una actitud que recuerda mucho a la mantenida ante el conflicto laboral de los centros residenciales para personas mayores en Gipuzkoa; un problema, la precariedad laboral que enfrentan miles de mujeres, que es también presentado como exclusivamente privado.

En tercer lugar, se resta gravedad a lo ocurrido. La decisión anunciada por la dirección del centro no le merece a la Diputación Foral de Gipuzkoa ningún calificativo, hecho que contrasta con otro tipo de comunicados; porque si públicamente se asumiera la relevancia del episodio, inevitablemente implicaría la necesidad de intervenir, y esa es una línea que no se desea cruzar. Este es un patrón que se ha repetido a lo largo de toda la pandemia. A pesar de que hemos conocido hechos graves, tenemos el dudoso ‘honor’ de ser una de las pocas comunidades autónomas que no han intervenido un solo centro residencial durante la crisis de la COVID-19.

La prestación de servicios a través de la concertación no supone que se diluya la responsabilidad pública sobre lo que ocurre en ellos. La titularidad de los centros de servicios sociales se está viendo sometida a una suerte de superposición cuántica: posee simultáneamente dos valores. Cuando se alzan voces que reclaman que la garantía de la protección y el buen cuidado de nuestra ciudadanía debe ser pública, reciben por toda respuesta que la división público-privada es ‘simplista’. En cambio, cuando afloran los problemas en determinados servicios externalizados, raudos y veloces recuerdan la titularidad de los mismos. De hecho, durante la pandemia, nunca antes habíamos podido leer tantas veces el término ‘privado’ en los comunicados de nuestras administraciones —con el precedente de la gestión política de la tragedia de Zaldibar—.

Cuando la Ley 12/2008, de 5 de diciembre, de Servicios Sociales previó la integración de servicios y centros de titularidad privada concertada en el Sistema Vasco de Servicios Sociales, reconoció al mismo tiempo a las administraciones una serie de competencias para garantizar la responsabilidad pública sobre los mismos. No obstante, con algunas excepciones, estas competencias apenas han sido ejercidas. Como afirmaba César Rendueles, a propósito del retraso en la administración de la vacuna, asistimos al “resultado del desmantelamiento neoliberal del aparato administrativo y normativo que, entre otras cosas, permite intervenciones rápidas y eficaces en emergencias”.

Sin embargo, aunque parezca mentira, la renuncia a desarrollar y hacer uso de los mecanismos de intervención en los servicios y centros de titularidad privada concertada no es el principal inconveniente. El mayor problema es que en la última década ha habido una apuesta política por abandonar este (débil) marco de responsabilidad pública en favor de la ausencia total de control. Recientemente, en el contexto de la evaluación del I Plan Estratégico de Servicios Sociales de la CAPV, pudimos ponerle números a este proceso de desmantelamiento del Sistema de Servicios Sociales de responsabilidad pública. En 2011, la red de responsabilidad pública de centros de día para personas mayores contaba con 2.909 plazas; en 2018, contaba con 2.851 plazas. Mientras tanto, la creciente demanda de cuidados fruto del proceso de envejecimiento de la población fue ‘atendida’ a través de ‘cheques-servicio’; a pesar de que este uso por parte de las administraciones forales de la Prestación Económica Vinculada al Servicio contraviene dos leyes y un decreto. Así, las casi doscientas familias en las que ha ‘crecido’ la atención diurna en el Sistema Vasco de Servicios Sociales, en realidad, han recibido un ‘cheque’ para la compra del servicio en el mercado.

¿Y qué implica lo anterior? Si las 630 familias que en 2018 recibían un ‘cheque’ en vez de un plaza en un centro de día, público o concertado, tuvieran que enfrentar una situación como la que ha motivado este artículo, la administración pública no podría actuar, y las personas usuarias y sus familias quedarían abandonas a su suerte. Este es el escenario que pretende legalizar, legitimar, promover y extender el Gobierno vasco; el ocaso de la responsabilidad pública en el Sistema Vasco de Servicios Sociales.

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Matute «Sabíamos que a la derecha le iba a costar digerir la centralidad política que han asumido formaciones como la nuestra»

Entrevista a nuestro compañero y diputado de EH Bildu Oskar Matute en CTXT.

Matute es una de las cinco voces que la izquierda independentista vasca tiene en un Congreso que vive momentos políticos muy delicados. Con la monarquía embarrancada en su crisis más profunda y una derecha cada vez más conspiradora, Matute se afana en esta entrevista por desmontar el poder sin límites que aún atesora un bloque con múltiples ramificaciones y advierte a Pedro Sánchez que si cede a sus presiones les tendrá enfrente.  “El error es que simplificamos lo que en realidad significó la Transición y el régimen del 78”, reflexiona. En este sentido, lanza dardos envenenados al Tribunal Supremo por su dictamen de volver a juzgar a los cinco procesados por el ‘Caso Bateragune’, una “chapuza que intenta vestir una decisión intencionadamente política como un acto de justicia”, pero en particular contra Manuel Marchena, “que va a hacer todo lo posible para constituirse en la oposición al gobierno”. Implicado en la construcción de una “república vasca soberana y de izquierda”, reafirma el compromiso de su formación por saturar las heridas que dejó ETA aunque matiza que “si sólo se exige a EH Bildu que haga cosas y se olvida que en Euskal Herria se practicaron otros tipos de violencia también brutales, no se está contribuyendo a la reconciliación ni se hace justicia a la memoria”.

Con sinceridad, ¿esperaban la decisión de repetir el juicio del ‘Caso Bateragune’? 

Era una posibilidad que entraba dentro de lo razonable porque el Estado español, en concreto la judicatura, suele actuar hacia nosotros y nosotras con actitudes que poco tienen que ver con la razón y mucho con la fantasía. Como ya sabíamos que los tribunales españoles poseen una capacidad de inventiva superior a la media quizá hemos pecado de ingenuos.

Pero en este caso, los 16 jueces que componen el pleno del Tribunal Supremo votaron a favor de repetir el juicio para que no quede sin un veredicto sobre el fondo de la cuestión. ¿Qué significa para usted esta unanimidad?

Que es una chapuza que intenta vestir una decisión intencionadamente política como un acto de justicia. Y lo digo por dos motivos fundamentales. El primero, porque la propia sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) que ha provocado este sainete determina que la petición de un nuevo juicio solo puede llevarse a cabo si las personas condenadas lo requieren y ninguno de los cinco procesados ha pedido la repetición del juicio. La segunda cuestión es que, si no ha lugar este nuevo juicio, ¿cómo explican las justificaciones que desde lo político, lo judicial y lo mediático, es decir, desde los brazos del poder, intentan dar para disfrazarlo de normalidad? Si repetir este juicio, que es la primera vez que lo hace el Estado español, es algo normal, ¿quieren decirnos que han estado actuando con anormalidad en los últimos 40 años?

Pero en ese pleno hay jueces de diferentes tendencias

Es un órgano que tiene bloqueada la renovación de la cúpula judicial y que ha ido reconfigurándose en los últimos años hacia un sesgo muy serio en sus funciones mediante ascensos y relevos. En este sentido, lo tenemos muy claro: el poder judicial se ha rebelado ante el poder político. Y Manuel Marchena, con el ascendente que tiene en la judicatura española, va a hacer todo lo posible para que se constituya en la oposición al Gobierno.

Entonces, ¿no alberga dudas de que algunos magistrados han decidido desafiar al Gobierno?

No, porque estamos en tiempos de involución. Cuando la derecha pierde el poder entiende que le han hecho trampa y orquesta una confabulación de todas las fuerzas malignas, desde masones y rojos hasta independentistas y separatistas. Es su manera de justificar que todo lo que hacen para evitarlo es legítimo, incluido utilizar la justicia para doblegar voluntades políticas. Por ejemplo, consideran un acto de libertad de expresión que militares revelen opiniones fascistas mientras un país como Alemania, nada sospechoso de ser comunista, disuelve una unidad militar por un caso parecido. Ya sabíamos que a la derecha española le iba a costar digerir la centralidad política que han asumido algunas formaciones como la nuestra. Pero me reafirmo en que por muchos obstáculos que nos pongan delante no lograrán someter nuestra voluntad.

Estos jueces, ¿forman parte de lo que ustedes llaman ‘Estado profundo’?

El Estado profundo son las cloacas del Estado, todos esos poderes que operan y actúan sin someterse a los controles propios de una democracia. Es decir, son los fondos reservados y esa vertiente policial que pulula en torno a unos recursos utilizados para mantener el control social. Pero todo eso tiene sus ramificaciones y extensiones en gente que trabaja como valedor o como línea de defensa de determinados intereses para que, gobierne quien gobierne, no se atraviesen los límites establecidos por algunos personajes que no se presentan a las elecciones pero mandan más que ellos. El ejemplo es la inviolabilidad de la monarquía. Es así de triste pero es lo que tiene el Estado español.

El escritor Manuel Rivas escribe en su último libro que la inviolabilidad de una monarquía como la española asolada por la corrupción confirma la condición tutelada de la democracia. ¿Hasta qué punto el comportamiento de la corona  ratifica que el régimen del 78 está agotado? 

El error es que simplificamos lo que en realidad fue la Transición y el régimen del 78. Aquello no consistió sólo en un acuerdo para que parte de los franquistas se convirtieran en demócratas de la noche a la mañana. Si hubiera sido así, lo que vivimos ahora no sería tan dramático. Lo realmente sobrecogedor es que el franquismo llegó a un pacto con las nuevas clases emergentes para que determinada institucionalidad no se tocara bajo ningún concepto. Eso determinó que la monarquía sea intocable, que los aparatos del Estado no se hayan depurado, que la Iglesia católica siga teniendo un papel preponderante en la vida pública española y que las élites económicas que mandaban en la dictadura sigan teniendo sus espacios de poder en la democracia. Lo triste es que se pasan la vida vendiendo todo esto como una transformación modélica, e incluso la exportan a países fuera de nuestro entorno, cuando la realidad es que muchos seguimos esperando a que limpien de una vez por todas esas cañerías que continúan dirigidas por franquistas. El problema es que pensaban que la mera convivencia iba a suavizar las aristas de quienes vivían felices en la dictadura y no ha sido así. Les fallaron los cálculos.

¿Hay un intento de contrarreforma?

Algunos han mantenido los principios de la dictadura y, en algún caso, han reforzado sus perfiles franquistas. Y como erróneamente consideran que la amnesia social respecto a lo que fue aquello es hoy casi unánime, vuelven a exhibir su verdadero rostro. No hay mucho más en esa gente.

¿Cuántas veces le han preguntado si condena la violencia?

Si cobrara un euro por ello sería rico y si bebiera chupitos estaría ebrio todo el día. Pero los mismos que insisten tanto en si EH Bildu condena la violencia, o me preguntan si promovemos o apoyamos los Ongi etorri (recibimientos) a presos de ETA, nunca cuestionan a un dirigente o a un exdirigente del PSOE en un plató de televisión si acompañar a Barrionuevo o a Rafael Vera a la cárcel de Guadalajara por el secuestro de Segundo Marey no fue un Ongi etorri.

¿Y cuál es su posición respecto a los Ongi etorri?

Los propios tribunales determinaron que recibir a una persona que sale de prisión no es ilegal. Pero aún así, nadie puede determinar que EH Bildu esté detrás de la organización de ningún evento de estas características. En este sentido, me gustaría plantearle una cuestión: quien entienda y acepte que bajo la lógica del “todo es ETA” se produjo una persecución contra determinados sectores sociales y populares del pueblo vasco, me da igual el cierre de Egin o Egunkaria que la detención de cientos de jóvenes que en un porcentaje superior al 90% acabó en la calle sin ningún cargo, pero con la mancha de haber sido vinculados a ETA, ¿por qué tiene que pensar que todo aquel que sale de la cárcel y es recibido con cariño por un número determinado de personas es alguien que cometió crímenes tremendos? Hay un chaval que lleva en la cárcel desde hace 320 días por escribir en una pared “Gora ETA” con un rotulador. Por muy desafortunada que sea la pintada, ha sido castigado con una pena excesiva porque este chico no es el monstruo de Amstetten. Y cuando salga a la calle, ¿los familiares y amigos que le reciban estarán vulnerando el recuerdo de todas las víctimas?

El PSOE considera que EH Bildu sigue sin reunir las condiciones éticas necesarias para gobernar en Euskadi. ¿Qué opina?

No sabía que el PSOE, y en concreto el PSE, tiene el monopolio para conceder títulos de ética a la gente. Es sorprendente que ese partido ostente semejante capacidad. Si en ese escenario que dibujan tenemos la fuerza que tenemos, ¿no será que en el relato que han construido sobre nosotros hay mucho de intencionalidad política para generar determinadas maneras de entender las cosas? No me preocupa mucho porque la solvencia ética nos la dan los ciudadanos y ciudadanas de Euskal Herria. La gente que componemos EH Bildu nos comprometimos activamente en desactivar la acción violenta de ETA de la ecuación política. Yo no esperaba que nos dieran medallas por eso, sinceramente. Lo que me sorprende es que mucha gente que tendría que haberse alegrado por ello, como nos alegramos nosotros, nos insulte continuamente porque ETA ya no existe. Estamos trabajando en escenarios que fomentan la reconciliación. Pero una reconciliación con memoria, para que nadie olvide lo que aquí pasó y para que todo el mundo asuma la responsabilidad que le toque. ¿Qué más quieren?

Algunos dicen que no se trata de pedirles el reconocimiento por el daño causado, porque es un hecho objetivo, sino que acepten la injusticia y la inmoralidad que supuso el terrorismo.

¿Qué reconocimiento tiene que hacer una formación política que nace en 2010 y nada más ver la luz pide el cese de la violencia de ETA? ¿Qué reconocimiento debe hacer EH Bildu si en su transitar político ha contribuido activamente a que ETA se desarme y desaparezca? Nosotros hemos promovido homenajes a víctimas de la propia ETA en los ayuntamientos que gobernamos. Por ejemplo, en el de Rentería. Pero si paralelamente a todo eso, vemos que las víctimas del 3 de marzo siguen sin ser consideradas víctimas del terrorismo o todo lo que tenga que ver con las torturas, reflejadas en informes internacionales que ni siquiera son nuestros, jamás han merecido ningún tipo de reconocimiento, ¿qué podemos pensar sobre la imparcialidad de esa memoria? Por supuesto que EH Bildu tiene que seguir dando pasos y que tendremos que hacer todas las autocríticas que sean necesarias. Todas las que nos pida la sociedad vasca. Pero si sólo se exige a EH Bildu que haga más cosas y se olvidan de otros tipos de violencia también brutales que se practicaron en Euskal Herria, no se está contribuyendo a la convivencia de este país. Le diré algo. Hay un diputado que fue asesinado en activo y se llamaba Josu Muguruza. Jamás ha tenido un reconocimiento por parte del Congreso de los Diputados.

Un aforismo dice que en el mundo hay cuatro tipos de derecha: la liberal, la conservadora, la extrema derecha y la española. ¿En qué se diferencia la derecha española de todas las demás?

Las derechas españolas tienen un denominador común y es que son ultraliberales. Y lo son en un contexto donde la capacidad ejecutiva del Estado puede acarrear inconvenientes para los grandes mercados. Ahí está, probablemente, su talón de Aquiles. Por eso le decimos a los dos partidos en el gobierno, el que se define como el más progresista de la historia, que están ahí para hacer cosas que jamás harían las derechas ultraliberales. Es decir, que garanticen los derechos de todas las personas a tener una buena sanidad pública, una buena educación pública y amplíen las políticas sociales. Ese es el ámbito en el que el gobierno debería priorizar su presencia porque es ahí donde las derechas carecen de proyecto político. Su único deseo es desarmar la estructura del gobierno para facilitar el terreno de juego a las grandes multinacionales. Ese es el drama de la derecha española, pero resolverlo es un dilema que deben afrontar quienes defienden la españolidad del Estado. Nosotros lo hemos dicho siempre: en tanto y cuando estemos dentro de este país, lo que haremos será pelear por ampliar los derechos sociales y las libertades para los vascos y para el conjunto de ciudadanos del Estado porque todos sufrimos, o podemos gozar, por igual de esas dos realidades.

Usted procede de las tradiciones de la izquierda internacionalista

Claro, pero en EH Bildu nos une idéntico deseo: la de construir una república vasca, soberana, libre e independiente. Y más justa y solidaria de las que ahora vemos a nuestro alrededor. Esto no excluye la lucha por los derechos de la clase trabajadora. Cuando miramos avances sociales en otras partes del mundo, como en la Francia del potente tejido obrero o en la Portugal del PSP apoyado por el Bloco y el CDU cuando aquí teníamos a Rajoy, no lo observas con recelo porque pueden perjudicarte sino que te alegras porque son referentes que nos abren posibilidades de cambio, espejos donde mirarnos. Eso mismo es lo que decimos desde EH Bildu a los ciudadanos del resto del estado: todo lo que podamos conseguir para Euskal Herria no deben verlo como una realidad que se les arrebata sino como una posibilidad que se les abre también a ellos y ellas para construir realidades parecidas para deshacerse de esa panda de corruptos que gobiernan.

Pero no todo el pensamiento de la izquierda lo entiende así. La cuestión de la identidad tiene mucho peso en España.

Es cierto. Por desgracia, hay mucha gente que se posiciona en parámetros progresistas en su vida cotidiana pero cuando les tocas el tema de la identidad disuelven sus diferencias con la derecha. Personalmente puedo entenderlo pero no lo comparto. En mi opinión, es el Estado español quien se lastra a sí mismo con este tema. Por sus propios complejos. No pueden imaginarse España sin Catalunya ni Euskal Herria. Es como si les faltaran dos pedazos de su patria. Sin embargo, nosotros sí podemos imaginarnos una Catalunya y una Euskal Herria sin el Estado español. Por lo tanto, el problema es suyo, no nuestro.

En estos dos años de gobierno de Pedro Sánchez se han acercado a 119 presos de ETA  a cárceles próximas a Euskadi. ¿La situación penitenciaria ha mediatizado su apoyo a los presupuestos?

Hay dos momentos clave en el trámite de la investidura de Pedro Sánchez en los que EH Bildu habla muy claro. Primero lo hizo Mertxe Aizpurua y después yo. Ambos explicamos al presidente del gobierno, a la sociedad vasca y a la sociedad española que estamos en el Congreso para defender nuestro proyecto político, que pasa por la soberanía y la construcción de una sociedad de izquierda en nuestro país que es Euskal Herria, para revertir todos los recortes que se han cometido en derechos sociales y laborales contra el conjunto de la clase trabajadora, y para restituir los derechos y libertades de todas y todos, incluidas las personas presas. Si alguien quiere ver que hay un elemento oculto que explique nuestro apoyo a los presupuestos, le diré rotundamente que no. Y si hace falta recordaremos a ese alguien que Aznar acercó a más presos de ETA que Pedro Sánchez sin acordar nada con EH Bildu. Lo único que exigimos al gobierno es que cumpla la legalidad penitenciaria. Punto.

Al día siguiente de la aprobación de los presupuestos saltaron las primeras alarmas entre los dos socios del gobierno por cuestiones como la monarquía, la reforma laboral y las pensiones. ¿Confía en Pedro Sánchez?  

Confío en los hechos aunque parece que algunos sectores del Estado español sólo saben hacer política con regates y a corto plazo. Es como si tuvieran oxidado el mecanismo de reflexión. Apoyamos los presupuestos porque nuestra lectura de la situación nos indica que existe una amenaza clara de involución y queremos que la ventana de oportunidades que abre este gobierno, que prometió hacer cosas diferentes, tenga recorrido. Creemos que si tiene palabra, los hechos avalarán que realmente quiere hacer cosas diferentes a la derecha. Ahora bien, llenar de contenido esa posibilidad es tarea de quienes ahora lo componen. Cuando todas las derechas españolas –la política, la económica, la judicial y la militar–  desean tumbar a este gobierno y regresar a un estado más centralizado y autoritario, lo que nos toca a nosotros como demócratas, y diría que casi como antifascistas, es facilitarle su recorrido a este ejecutivo para saber si es verdad que quiere hacer una política de izquierda. Otros, en cambio, se preocupan más de si han conseguido 20 enmiendas o 100. Para nosotros eso es política de bazar. Nuestro objetivo es evitar marcos indeseables y mejorar la vida de la mayoría social. Es evidente que existe una pugna entre el PSOE y Unidas Podemos por empujar la acción de gobierno hacia un lado u otro. Ya se lo dijo Mertxe Aizpurua a Pedro Sánchez: si decide pasar de las palabras a los hechos, entendiendo como palabras el acuerdo que tiene suscrito con Podemos, va a poder contar con el apoyo de EH Bildu. Pero si por el contexto de la coyuntura o porque cede a las presiones de esos miembros del gobierno que están más pendientes de contentar a la CEOE, arrincona ese acuerdo, nos tendrá enfrente.

Ahora que cita a la CEOE, Sánchez apela a que sin acuerdo social será imposible derogar el Estatuto de los Trabajadores que aprobó el PP en 2012

Pues me gustaría recordarle dos cosas. La primera es que esa ley se aprobó sin diálogo social porque los sindicatos estaban en contra, pero Fátima Báñez la sacó adelante, tal y cómo quería la CEOE. Y es curioso que esa señora esté cobrando hoy 240.000 euros al año de la misma institución a la que hizo una reforma laboral a medida.

¿Quién es Oskar Matute?

Pues un tipo muy normal a quien alguna vez algunos colaboradores de CTXT le hacen trabajar los fines de semana con su PunkTexto.

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Matute «Varios ministros están mucho más pendientes de lo que diga el IBEX 35 que de lo que digan los sindicatos y las mayorías trabajadoras»

Entrevista a nuestro compañero y diputado de EH Bildu Oskar Matute en La Última Hora.

Matute comenzó su activismo político en el movimiento de insumisión al servicio militar obligatorio, pasó por Izquierda Unida y, ya como líder del partido Alternatiba, en 2011 participó en la fundación de EH Bildu, formación integrada por Sortu, Eusko Alkartasuna, la propia Alternatiba y personas independientes. Ahora es uno de los cinco diputados de la formación de izquierda soberanista e independentista en el Congreso, donde ocupa un escaño desde 2016.

EH Bildu facilitó la investidura de Pedro Sánchez para la formación de un Gobierno de coalición de PSOE y Unidas Podemos y además fue la primera formación en mostrar su apoyo a los Presupuestos Generales del Estado para 2021 de ese Ejecutivo. ¿Qué significado político y qué alcance político tiene esa posición?

Vivimos un contexto de involución democrática en el que las derechas –y no sólo las derechas políticas, sino todo el aparato de derechas: el económico, el judicial y otros– venían persiguiendo una recentralización, probablemente porque entendían que, después de la dictadura, la descentralización no les había permitido alcanzar todas sus cotas del país soñado. En EH Bildu siempre hemos soñado una realidad diferente, y ante ese escenario y en ese sentido apoyamos los Presupuestos por lo que suponían de ventana de oportunidad para aquellos que dicen que querrían hacer algo diferente a esa recentralización. Eso es lo que motivó toda nuestra reflexión política, y a partir de ahí lo que hicimos fue iniciar un proceso de negociación –más tortuoso de lo que estamos acostumbrados por estos lares, por las prácticas negociadoras del Estado– y finalmente apoyar los Presupuestos, pero sobre por mantener esa ventana abierta que supone dar un soplo de aire fresco a aquellos que dicen que quieren hacer cosas diferentes a los que defienden la recentralización, la involución democrática y un retorno al autoritarismo.

¿Cuándo dices que “quieren hacer cosas diferentes a los que defienden la recentralización”, a quién te refieres exactamente?

Me refiero al acuerdo de gobierno de Unidas Podemos y PSOE, que apuntaba soluciones diferentes a las de la derecha a los problemas que tenemos –que tienen que ver con el mercado laboral, la plurinacionalidad, la apuesta por un país descentralizado, más democrático, más plurinacional, más garante de derechos y libertades y por tanto más recuperador de derechos y libertades para quienes han ido perdiéndolos en las últimas décadas–, y en eso nos basábamos. Vimos el acuerdo de gobierno de PSOE y Unidas Podemos, vimos que tenía un cierto sesgo progresista y dijimos “señores, en los Presupuestos no tienen más que hacer que avanzar en esa dirección que ya han señalado”. Si, por el contrario, el contenido de aquel acuerdo de gobierno fue literatura para avalar un acuerdo de gobierno entre dos fuerzas políticas, tendremos dificultades serias, ellos y nosotros, para que eso sea real.

Unidas Podemos, EH Bildu y otras formaciones del bloque de investidura sois partidarias de derogar íntegramente medidas como la reforma laboral de 2012 o la denominada ley mordaza, pero el PSOE no parece tan convencido de esa necesidad. ¿Qué crees que va a pasar en esta legislatura a ese respecto?

Esas medidas son una especie de escenario de clarificación. Nosotros creemos que la reforma laboral es un atentado directo y grave contra los derechos de los y las trabajadoras y que la ley mordaza es una vulneración flagrante de la libertad de expresión y de los derechos de reunión y manifestación de la ciudadanía, y creemos que alguien que se dice progresista lo que tiene que hacer es derogar esas dos medidas, para que pueda establecerse un escenario de libertades mayor que el que vivimos. Unidas Podemos también apuesta claramente por la derogación de la reforma laboral y de la ley mordaza, pero nosotros creemos que el PSOE, que también dice que quiere hacer todo eso, se ve sometido o urgido a obedecer las presiones de aquellos que no se presentan a las elecciones pero que siguen mandando mucho e interviniendo mucho en la política del Estado español, por lo que, por esa realidad que el PSOE tiene de vector principal del régimen del 78 desde entonces hasta ahora, se ve más dificultado para hacerlo. Pero lo que les decimos tanto a unos como a otros es que ellos levantaron un gobierno que se decía progresista, que se decía el más progresista de la historia y que se decía que venía para frenar los aires de involución que corrían en el Estado español y para avanzar en un escenario de recuperación de derechos y libertades, por lo que a ellos les corresponde llevar a la práctica ese anhelo, y nosotros lo que haremos es ser exigentes. Evidentemente, las voluntades de unos y otros son diferentes, pero en definitiva son un único gobierno.

“Aquellos que no se presentan a las elecciones pero que siguen mandando mucho e interviniendo mucho en la política del Estado español” siguen teniendo mucho poder…

Cuando hablamos de cómo se construye el poder en el Estado español, hay un hilo de continuidad de las castas dominantes y las clases dirigentes del franquismo para con lo que tienen que seguir siendo las castas dominantes y las clases dirigentes tras eso que llaman el maravilloso invento de la Transición, y existen dirigentes que no pasan por las urnas pero determinan los rumbos políticos, económicos y sociales del Estado. Esa gente, que no se presenta a las elecciones y que se mide sólo en índices bursátiles como el IBEX 35 y otros, es la que determina el rumbo del Estado, y tiene además ministros, en el Consejo de Ministros, que están dispuestos a obedecer lo que entienden que son sus maneras de mantener sus privilegios y de ahondar en sus beneficios aun a costa de los derechos de los y las trabajadoras. Yo creo que Nadia Calviño y otra serie de ministros están mucho más pendientes de lo que diga el IBEX 35 que de lo que digan los sindicatos y las mayorías trabajadoras.

En cualquier caso, el de PSOE y Unidas Podemos es, a nivel estatal, el primer Gobierno de coalición desde la II República, es decir desde hace ocho décadas. ¿Crees que la presencia de Unidas Podemos y el peso del bloque de investidura –del que EH Bildu forma parte– realmente abre la posibilidad de una profundización democrática en el Estado español?

Este Gobierno yo no diré tanto como que es la certificación de un cambio, pero sí supone una oportunidad respecto de gobiernos que señalan abierta y claramente que lo que siguen son tiempos de recentralización, de involución y de mayor autoritarismo. Ese espacio de oportunidad, que no es tanto lo que representan las siglas sino lo que representa el anhelo de los millones de personas que las han votado, es el que nosotros queremos recorrer, así que decimos “bueno, si en el Estado español hay tanta gente que dice que la derecha o extrema derecha representan una involución, un autoritarismo y una recentralización que no tienen que abrirse camino y por eso han votado opciones políticas que defienden un mayor reconocimiento de derechos y libertades o el restablecimiento de derechos y libertades para aquellas capas populares que han ido perdiendo todos esos derechos en beneficio de las élites, lo que queremos hacer es ayudarles a que recorran ese camino”. La izquierda independentista y soberanista vasca tiene una apuesta política muy clara que nadie desconoce y que tiene que ver con la independencia y con la construcción de un modelo social de izquierdas o socialismo, pero, en tanto en cuanto formamos parte del Estado español –nos guste o no nos guste–, tenemos un recorrido que hacer por el restablecimiento de derechos y libertades para nuestros ciudadanos y ciudadanas y para los del conjunto del Estado. Tenemos un trayecto que recorrer en lo que tenga que ver con las libertades y con el reconocimiento de nuestras singularidades o pluralidades, y eso es lo que queremos ver si encuentra contraparte en el Estado español o por el contrario, pese a las voluntades, se encuentra nuevamente un muro de hormigón que obedece a los intereses de las élites y de los que ya definieron aquello como un Estado “atado y bien atado” en torno a la sucesión monárquica y a la continuación del franquismo en la democracia.

¿Temes que, si ese anhelo de tantos millones de personas se ve frustrado, exista un riesgo de que ciertos sectores puedan aprovechar la desazón de tanta gente para intentar llevar a cabo una involución?

Sin duda. Si aquellos que –en un contexto de incertidumbre creciente y de cierto despiste con la realidad distópica que vivimos– se presentan como una alternativa progresista hacen políticas capadas por la voluntad de las élites y hacen políticas que no son todo lo ambiciosas que deberían ser por miedo a lo que el poder económico –que no se presenta a las elecciones pero que, como he dicho antes, determina los rumbos del Estado– sigue determinando, probablemente generen un estado de frustración y de reacción en los sectores progresistas de la sociedad que haga que estos no vayan a votar, o directamente entiendan que han sido engañados por aquellos que decían representarlos, y que las fuerzas de la involución, las fuerzas recentralizadoras y yo diría que antidemocráticas, se abran camino. Ese es el riesgo que tiene este gobierno: no vale con decir que eres el Gobierno más progresista de la historia –probablemente sí, porque es el experimento de gobierno entre fuerzas de izquierdas más innovador o más avanzado desde hace ocho décadas– si luego en la práctica no llevas a efecto políticas al servicio o a la defensa de los intereses de las clases populares y de la clase trabajadora. Si no eres capaz de hacer eso, probablemente esos mismos sectores populares y la clase trabajadora entiendan que no eres más que un vendedor de crecepelo en el Lejano Oeste y que por lo tanto no mereces más que la abstención o que nada.

EH Bildu tiene en su seno a Sortu –surgido de la izquierda abertzale tradicional–, a Eusko Alkartasuna –una escisión del PNV de ideología socialdemócrata– y a Alternatiba –surgido de una izquierda de ámbito estatal–, además de a personas independientes de otros partidos. Sin embargo, la formación da bastante sensación de cohesión interna. ¿Cómo se logra eso?

Tiene que ver con que cuando nacemos, en 2011, cada uno hemos atravesado nuestro propio Rubicón. En aquel momento, cada uno de nosotros y nosotras –desde quienes veníamos de experiencias de construcción de izquierdas federalistas, confederalistas o incluso independentistas pero con un fuerte poso internacionalista, como podíamos ser las personas que componíamos Alternatiba, hasta las gentes de Eusko Alkartasuna, que venían de una socialdemocracia más reglada o más formal, o hasta las gentes de la izquierda abertzale– habíamos atravesado nuestro propio Rubicón y lo que veíamos era por un lado que la izquierda soberanista e independentista vasca en toda su amplia gama estaba huérfana de una opción política que pudiera ilusionarla, animarla o motivarla y por otro lado que era mucho más importante potenciar lo que nos unía que lo que nos separaba, porque lo que nos separaba era evidente –veníamos de trayectorias diferentes y de vivencias diferentes– pero había un nexo común, que era lo más importante y que de alguna manera era el catalizador o la espita para levantar a amplios sectores de nuestra ciudadanía. Ese nexo común tenía que ver con un horizonte de construcción de una nación soberana en forma de república y con un proyecto o un modelo claramente de izquierdas, y eso es algo que, probablemente por el esfuerzo y el trabajo de diferentes realidades, tenía un poso importante en nuestra sociedad, tanto en el movimiento sindical como en el movimiento social como en otras realidades. Eso para nosotros ha sido no sólo un legado sino también un imperativo a la hora de hacer política, y yo creo que eso ha permitido que EH Bildu se mantenga permanentemente cohesionada. Es mucho más importante lo que nos une que lo que nos separa, tenemos que aceptar que somos una herramienta al servicio de las clases populares y no un objeto en sí mismo, y tenemos que entender que nuestro proyecto es un proyecto permanentemente inacabado. Si queremos ser hegemónicos, si queremos ser mayoritarios en nuestra sociedad, tenemos que ser capaces de que nuestra oferta sea permeable o moldeable para llegar a sectores que todavía ven en nosotros y en nosotras una opción de izquierdas pero difícilmente identificable con sus intereses o con sus anhelos. Y junto a todo eso hay una lectura de tiempos o una lectura política que por lo menos para mí es innegable: EH Bildu tiene la capacidad y la potencialidad para ser la herramienta que cambie las cosas para las clases populares de nuestro país. Si tienes esa visión, esa certeza o esa convicción, es muy difícil que antepongas tus intereses particulares incluso colectivos –dentro de una visión más o menos progresista– si eso lo único que puede hacer es debilitar el instrumento, porque la izquierda soberanista nunca ha contado en sus manos con una herramienta con tanto calibre y poder como la que en la actualidad representa EH Bildu, y desgastarlo con lecturas internas de luchas de poder o de pureza ideológica no es un favor para alcanzar el objetivo.

EH Bildu tiene actualmente cinco diputados en el Congreso, dos senadores, 21 parlamentarios en la Comunidad Autónoma Vasca, siete en la Comunidad Foral de Navarra y un total de 1.237 concejales en Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y Nafarroa Garaia, lo que la convierte en la formación con más ediles del conjunto de Hego Euskal Herria. ¿Crees que tiene margen de crecimiento?

Sí, tenemos el mayor número de concejales de Hego Euskal Herria pero nos queda bastante recorrido para ser la fuerza hegemónica y por supuesto que tenemos margen de crecimiento, tanto en la CAV como, aún más, en Navarra. Y hay que entender que una cosa es alcanzar el poder y otra poder ejercerlo. Tú puedes ganar unas elecciones pero estar condicionado o mediatizado por quienes no se presentan a las elecciones pero determinan los ritmos económicos y sociales de una sociedad, por eso lo que queremos sobre todo es construir una realidad que nos permita no sólo alcanzar el poder sino poder ejercerlo, y ahí de lo que se trata es de construir movimiento, ir vertebrando y generando una red que permita conectar todo nuestro poder institucional con toda la capacidad de dinamismo social de la sociedad vasca. De nada serviría alcanzar todos esos escenarios de poder si nos encontráramos con una sociedad que no es capaz de defender un poder hecho a la medida de sus necesidades. Si alcanzamos cotas de poder pero tenemos una sociedad adormilada o adormecida con unos poderes económicos capaces de tumbar ese gobierno, no habremos conseguido más que un lapso, una interrupción en el poder de esas élites. Si, por el contrario, tenemos un brazo político –en este caso, EH Bildu– capaz de avanzar junto con la dimensión social de una sociedad a través de esos sindicatos y movimientos sociales y de sus demandas sociales y populares, sí podríamos estar dibujando una realidad política y social diferente a la que en la actualidad vivimos… o soportamos o sufrimos; que cada uno elija el calificativo que quiera.

¿Crees que eso es lo que está pasando ahora mismo a nivel estatal, que se ha llegado al Gobierno pero que no…?

En parte, sí. Yo cuando a los sindicatos mayoritarios en el Estado español, es decir a Comisiones Obreras y UGT, les veo amagar y no dar o estar todo el día diciendo que si algo no se hace vendrán tiempos muy duros, y a la vez veo su proceso de transformación –han pasado, y es legítimo aunque yo no lo comparta, de ser sindicatos confrontativos a ser sindicatos de concertación–, lo que ocurre es que el músculo social, la dimensión social –la que hace que en realidad seas un instrumento y no tanto un fin en sí mismo–, está tan débil que puede existir la voluntad o la necesidad de ciertas élites, en este caso de izquierda, de hacer que el instrumento, es decir el partido, se convierta en un fin en sí mismo y que por tanto en nombre de la pervivencia o la supervivencia de ese instrumento, porque es la única vanguardia reseñable o la única estructura de poder definible, todo lo demás pueda ser sacrificado. Yo creo que eso es un error, porque un partido político con fuerza en sus ramas pero sin fortaleza en sus raíces no deja de ser un árbol con fecha de caducidad más temprana que tardía. No quiero ofender ni insultar la memoria de todos los que en el Estado español llevan décadas dedicando su vida a la construcción de tejido social alternativo y de formaciones de izquierda, pero a veces me recuerda bastante a eso, a la anteposición del sostenimiento de la estructura más potente en detrimento de las luchas populares y sociales. Y yo creo que eso tarde o temprano se paga.

Volviendo a lo institucional, ¿ves posible el ‘sorpasso’ de EH Bildu al PNV en las autonómicas de la CAV previstas para 2024?

Debemos trabajar por eso, sin duda. Hacer ahora un planteamiento que no pasara por  ganar la primera posición en las próximas autonómicas sería un planteamiento conservador. Una formación política como la nuestra tiene que salir a ganar siempre –reconozco que en esto de los símiles futbolísticos sería más bielsista que otra cosa: yo creo que hay que salir a ganar siempre y hacerlo con un despliegue de juego que permita encandilar a gente más allá del propio resultado– y además partimos de una realidad objetiva: la sociedad vasca de hoy, la que compone cada uno de nuestros ciudadanos y ciudadanas, compone una radiografía de país que se parece mucho más a EH Bildu que al PNV, porque está más identificada con valores que defiende EH Bildu –en torno a la defensa del medio ambiente, de los derechos laborales y sociales, del feminismo como un vector principal en la construcción de la sociedad, de la identidad vasca sin desprecio a otras identidades…– que con lo que pueda representar el PNV. Y si esa sociedad se refleja y se muestra así en diferentes encuestas y en diferentes experiencias sociales que se dan a lo largo y ancho de nuestro pequeño país, lo que tenemos que hacer es conquistar también esa hegemonía en lo político. Lo que no tiene sentido es que el PNV juegue a un continuo juego de espejos o de despiste que a los ojos de algunos les hace presentarse como progresistas y modernos y a los ojos de otros les hace presentarse como conservadores y perpetuadores de las esencias y que al final unos y otros le voten en detrimento de otras opciones que podrían encajar mejor con su visión y con su experiencia personal. Por tanto, creo no sólo que EH Bildu puede ganar esas próximas autonómicas, sino también que está obligado a echar el resto para hacerlo, para empezar a construir esa república vasca de iguales que defendemos y que soñamos.

¿Y ves posible un Gobierno digamos de izquierdas en la CAV tras esas autonómicas? El secretario general de Sortu y parlamentario autonómico de EH Bildu, Arkaitz Rodríguez, ha dicho esta semana que ese Ejecutivo está “más próximo de lo que algunos piensan y desean”…

Existe una mayoría política y social que se identifica con el vector de las izquierdas, y esa mayoría –de la que nosotros formamos parte pero de la que no sólo nosotros formamos parte– tiene una aceptación muy evidente de nuestra propia identidad y por tanto la necesidad de avanzar hacia un reconocimiento de la misma en términos efectivos, no sólo simbólicos o declarativos. Ese vector, que es el más importante de la sociedad vasca, tiene a su vez representantes políticos u opciones políticas que no están dispuestos a iniciar ese tránsito que ellos y ellas han iniciado. Yo coincido con Arkaitz Rodríguez cuando dice que esa mayoría de izquierda está más próxima de lo que algunos dirigentes del Partido Socialista de Euskadi pueden pensar o desear, porque creo que la mayoría de los ciudadanos que votan a opciones de izquierdas en la CAV estarían dispuestos a intentar recorrer un camino conjunto –con nuestras dificultades y con las luchas cainitas de ‘La vida de Bryan’ que pudiéramos tener– diferente al que les da la estabilidad conformada siempre por un partido de la derecha como eje principal y un secundario de izquierdas como vector de acompañamiento. Ahí en este caso la dirigencia del PSE se muestra en posiciones mucho más conservadoras que en las que se ubican buena parte de sus votantes. Y en Podemos la posibilidad de concurrencia en la construcción de un proyecto común es todavía más evidente.

El Tribunal Supremo acaba de ordenar a la Audiencia Nacional que repita el juicio por el caso Bateragune contra Arnaldo Otegi, Arkaitz Rodríguez, Rafa Díez Usabiaga, Sonia Jacinto y Miren Zabaleta, que fueron detenidos en 2009 –cuando trabajaban en el seno de la izquierda abertzale por el cese definitivo de la actividad armada ETA, que la organización anunciaría en 2011– y condenados después por “pertenencia” a ETA. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo sentenció en 2018 –el año en que la organización anunció su disolución– que Otegi, Rodríguez, Díez Usabiaga, Jacinto y Zabaleta –que para entonces ya habían cumplido íntegramente las penas a las que fueron condenados– no habían tenido un juicio justo en la Audiencia Nacional, y ahora el Tribunal Supremo –y a pesar de que ya han cumplido las penas a las que fueron condenados en aquel juicio que según Estrasburgo no fue justo– ordena volver a juzgarlos. ¿Hay por dónde cogerlo?

Sinceramente, yo creo que no hay por dónde cogerlo, pero tampoco creo que haya que devanarse los sesos en términos jurídicos, porque esto obedece a una pulsión política. Tres cuestiones. La primera: sólo hay que ver la lucha que se está llevando a cabo en el Consejo General del Poder Judicial para entender que los aparatos judiciales del Estado español han estado al servicio de determinadas ideas políticas, y lo que está pasando aquí no tiene una lectura diferente de esa. La segunda: quienes defienden la repetición de ese juicio dicen que eso es lo normal cuando el Tribunal de Estrasburgo determina que un juicio no ha sido justo, pero si eso es “lo normal” y es la primera vez que se hace –porque nunca se ha producido ese supuesto–, la pregunta que cabría hacerles es: ¿durante 40 años la justicia ha estado haciendo lo anormal? Y la tercera cuestión tiene que ver con que es muy evidente que todas las causas que tienen que ver con la izquierda independentista vasca –y no digo sólo con ella; también con otras experiencias que puedan ser disruptivas con el Estado español, cuando pasan por la justicia– tienen un tratamiento judicial muy diferente al que tienen los prebostes del Estado que han pasado por la justicia, que es mucho más benévolo –y pienso en Rodrigo Rato pero podría pensar en muchos más– que el que tienen aquellos que lo que han hecho ha sido cuestionar la identidad del propio Estado. Este Estado se presentó en terceros países como el paradigma del éxito en el tránsito de una democracia a una dictadura, pero en muchos aspectos, si no en la mayoría, no fue sino una continuación de los poderes económicos, judiciales y políticos del régimen en la democracia; aquello de la chaqueta cambiada al día siguiente. Lo que sí decimos es que si este juicio se celebra en los términos a los que la justicia ha determinado que quiere reducirlo, vamos a tener en nuestra memoria dos hitos judiciales importantísimos en la historia del Estado español y de nuestro país: uno el Proceso 1.001 [juicio celebrado por el franquista Tribunal de Orden Público entre 1972 y 1973 que se saldó con largas penas de cárcel a toda la Dirección de las entonces ilegales Comisiones Obreras] y otro el Proceso de Burgos [Consejo de Guerra franquista celebrado en 1970 que se saldó con condenas de muerte a seis militantes de ETA y largas penas de cárcel a otros nueve]. En ambos juicios, un poder obsoleto, arcaico y alejado de la ciudadanía decidió que había que ejemplificar a través de la condena a una serie de personas, y lo que consiguió es que esas personas encontraran el apoyo social y popular necesario para poner en tela de juicio al propio régimen que quería juzgarlas tanto en el Proceso 1.001 como en el Proceso de Burgos. Si finalmente vamos hacia una repetición del juicio de Bateragune, nos toca hacer lo mismo: no dejar que juzguen al soberanismo y al independentismo de izquierdas y en este caso a las personas que quieren llevar al banquillo –que no son sólo las cinco personas de sobra conocidas sino el conjunto del soberanismo e independentismo de izquierdas–, sino juzgar al régimen que no hizo nada por traer la paz y que todavía hoy sigue soñando con las banderas de guerra en lugar de con un horizonte de paz.

Al hilo del Proceso 1.001, ¿el hecho de que Arnaldo Otegi respondiera a la decisión del Tribunal Supremo con un tuit en el que parafraseaba a Marcelino Camacho –condenado a 20 años de cárcel en el Proceso 1.001– a su salida de la prisión de Carabanchel el 30 de diciembre de 1975 –“ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar”– va por ahí?

Sí, esa frase la utilizamos a veces porque nos da pena cierta progresía del Estado español que olvida sus propias esencias. Yo esa frase la pronuncié en el discurso de investidura de Pedro Sánchez y me llevé todo tipo de calificativos de ‘haters’ de la derecha y de la extrema derecha pero también de ciertos sectores de los que se dicen de la progresía española porque entendían que lo que quería decir es que hablaba en nombre de ETA y que ETA estaba diciéndole a la ciudadanía española que así seríamos. A mí me hacía cierta gracia, porque no vengo precisamente de una cultura ajena a la del comunismo en el Estado español y no entendía que esa gente no supiera que esa es una frase de las icónicas de Marcelino Camacho, de las que podrían ilustrar cualquier camiseta de cualquier persona de izquierdas en el Estado español. Y eso, que lo hemos hablado muchas veces Arnaldo y yo, yo creo que esta vez lo ha utilizado él nuevamente para señalar a la izquierda del Estado español y para decirles que en este proceso ahora van a por nosotros y nosotras o a por lo que representa el soberanismo e independentismo de izquierdas, pero tarde o temprano –como decía Martin Niemöller y no Bertolt Brecht– pueden ir a por ellos, y que de lo que se trata en este caso es de poner pie en pared ante esos resortes de involución que todavía mantienen quienes defendían que la Transición fue modélica porque preservó y garantizó cada uno de sus privilegios y que hoy están instalados en el poder judicial, en el poder económico de manera muy evidente y también en el poder militar o policial, y no hay más que ver los tuits y las barbaridades que de vez en cuando oímos de gente que no es que haya dejado de ser demócrata cuando se jubiló sino que no ha sido demócrata nunca, es decir que ha sido franquista antes y después.

¿Cómo explicarías lo que significa la figura de Arnaldo Otegi, coordinador general de EH Bildu, para el resto de los dirigentes, para los cargos públicos y sobre todo para los militantes de la formación?

La sociedad española, como todas –probablemente, también la vasca–, es mitómana, y eso tiene cosas buenas y probablemente otras que no son tan buenas. Yo a quienes en España no entienden qué significa Arnaldo Otegi para la izquierda soberanista e independentista vasca les pediría que hicieran un ejercicio de traslación: qué significa Gerry Adams para el independentismo de izquierdas en Irlanda, qué significó Nelson Mandela para las lecturas africanistas o igualitarias contra el apartheid en Sudáfrica… Si dan respuesta a lo que significó Gerry Adams o Nelson Mandela –por no irnos más lejos, a otros supuestos–, entenderán qué significa Arnaldo Otegi, que es una persona –que a veces también hay que recordarlo, para quien caiga en la mitomanía: es una persona– que ha entregado su vida a una causa y que además a lo largo de esa entrega de su vida a una causa ha sabido entender los pulsos y los tiempos de la sociedad en la que vive, sin abandonar sus ideas ni sus principios. Arnaldo Otegi –yo, que vivo en Ezkerraldea, siempre tengo muy en la memoria a Periko Solabarria, otro de esos imprescindibles o de esos gigantes, que dicen en Latinoamérica, de los que podríamos hablar para entender por qué somos lo que somos– ha sido muy fiel a algo que decía Periko Solabarria: “Si no nos dejan soñar, no les dejaremos dormir”. Arnaldo Otegi representa para EH Bildu esa determinación por perseguir nuestros sueños, por no rendirnos, por no arrodillarnos y por decir alto y claro que tenemos derecho a creer que Euskal Herria siendo un país libre y soberano y siendo un país de izquierdas y socialista sería un país de referencia no sólo para quienes tuvieran la suerte de vivir en él sino para todos aquellos y aquellas que lo rodearan o que lo conocieran. Ese es el objetivo vital de Arnaldo Otegi, un objetivo con el que las gentes de EH Bildu no sólo coincidimos sino que sentimos el orgullo de conectar en su lucha.

Tú también militaste en la Izquierda Unida de Julio Anguita, para quien siempre has tenido buenas palabras. ¿Qué significó Anguita?

Yo tuve la suerte de conocerle personalmente mucho y de acompañarle en muchos de sus periplos por Euskal Herria. Sólo él y yo –que me tocó hacer de chófer en muchas ocasiones, aunque no desvelaré mi secreto– sabemos a qué lugares tenía que ir para reunirse con qué gente cada vez que venía a Euskal Herria para hacer campañas o cubrir actos, porque, en esa apretada agenda que él tenía, él siempre tenía hueco y espacio para personajes muy significados y relevantes de la política vasca. Y, en todas esas horas que pasé con él –más las horas que pasé en ejecutivas y reuniones con él–, yo siempre aprendí de él la cuestión de la honestidad, porque tenía una honestidad a prueba de bombas y una integridad más firme que el acero. Yo eso siempre lo he respetado, a pesar de que no siempre coincidía con él. No siempre estaba de acuerdo con todo lo que decía, pero nunca tendré ningún problema en que alguien me señale como un anguitista si fuera el caso, porque siempre he tenido la convicción de que Julio Anguita era una persona entera e íntegramente de izquierdas, capaz de analizar cada situación desde una óptica de izquierdas y a partir de ahí determinar dónde tenía que estar él, porque su compromiso con los valores de la izquierda eran, en su accionar político vital y diario, ineludibles. Había algo en él que también era fundamental, y es que no trataba a su electorado y a las clases populares y trabajadoras como agentes subalternos o incapaces de entender las lógicas del gran poder; al contrario, él siempre decía que lo primero que la gente se merece es que no le engañen y que a la gente hay que tratarle como personas, no como rebaños, no como ovejas mansas que no son capaces de discernir lo que es bueno y lo que es malo. Y eso –que puede parecer muy primario y básico sobre todo en este mundo en el que volvemos a entrar en una competición alocada para ver quién es más comunista, más socialista, más ecologista, más –ista en cualquier locura posmo de la izquierda– él sabía entenderlo muy bien. Por terminar, tenía una virtud –que tienen Arnaldo Otegi y otra gente–, y es que llega a la gente porque habla desde el corazón, desde esa lógica secuencial que pasa por el ánimo que nace en las vísceras, la pasión del corazón y la racionalidad del cerebro, y eso es algo que la izquierda necesita si de verdad quiere salir de esta especie de atonía o de mundo ‘Matrix’ en el que vivimos, donde parece que frases como “esto es lo que hay” o “siempre ha sido así” no pueden ser quebradas.

Vamos acabando. Parece que este año Olentzero viene con más polémica que los reyes…

Yo cuando leo cosas como esas me doy de bruces. No entiendo cómo puede haber gente dispuesta a alimentar una polémica en torno a una carta que se manda para fomentar el uso del euskera aprovechando una figura tradicional, por no decir imaginaria, del imaginario vasco, cuando a la vez tienen a un rey muy presente y muy real viviendo como Dios en Abu Dabi y sin rendir cuentas a nadie. Si esto no es una cortina de humo, que alguien baje a explicarme qué es una cortina de humo. Que alguien se plantee la idoneidad o la veracidad de una figura tradicional, en este caso de Euskal Herria, para no tener que hablar de las andanzas del rey emérito –que ese sí que es bastante real y carnal, a diferencia de una realidad etérea e imaginaria como Olentzero– y de sus desvergüenzas dice mucho de una sociedad que se pierde en conversaciones de cuñados y en discusiones bizantinas sobre esto en lugar de pensar quién carajo le ha robado el dinero durante décadas y sigue viviendo a cuerpo de rey con el dinero que ha ganado a su cuenta.

En cualquier caso, la monarquía española parece atravesar un momento delicado. ¿Cómo crees que puede acabar todo esto?

Por parte de los poderes del Estado de los que hemos hablado antes y por parte también de una parte del PSOE –que a veces se nos olvida pero es parte fundamental del régimen del 78, porque nadie entendería lo que es el régimen del 78 sin el papel crucial y protagonista del PSOE– hay un intento de represtigiar la monarquía española para que salga lo más indemne posible de esta crisis o de este trance de deslegitimidad en el que vive, y a pesar de eso yo creo que lo que nos toca a los republicanos y republicanas de todo el Estado español es ser muy claros y muy unánimes a la hora de decir algo que probablemente todo aquel que lea esta entrevista va a entender: lo que tiene que hacer la monarquía borbónica es disolverse y entregar la pasta.

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