Nos encontramos sumergidas en una ola reaccionaria que parece amenazar constantemente con ahogarnos y aunque, dos décadas de conquistas en derechos feministas nos hayan hecho buenas nadadoras, la reacción patriarcal se moldea estratégicamente para tratar de quebrar las redes generadas para sostener la vida; una de esas estrategias ha sido la transfobia. Desde la reacción y grupos que se suponían feministas (o al menos que así se denominaban al llegar a las instituciones) se han generado narrativas de odio contra las personas, especialmente las mujeres, trans. Estos discursos de odio constituyen el primer paso en un camino de violencia que, mediante la deshumanización, continúa agravándose hasta llegar a una única meta, el exterminio. Estas estrategias fascistas se han naturalizado en el discurso público con la complicidad de partidos políticos, medios de comunicación, influencers…sin embargo deberíamos preguntarnos ¿Cuáles son las características de esos discursos de odio? ¿A quién benefician?
No es casualidad que el foco de la transfobia centre su odio en las mujeres trans, dado que, los discursos transfobos, son discursos machistas y patriarcales. Cuando analizamos estos discursos, observamos en su base argumentos bio-esencialistas, los cuales naturalizan la subalternidad de las mujeres. Cuando desde posiciones transfobas se habla de cromosomas, machos y hembras…no sólo se está haciendo una simplificación de la ciencia, la cual por cierto no les da la razón, sino que se instrumentaliza en un discurso que pretende naturalizar las desigualdades entre hombres y mujeres, el patriarcado, el binarismo sexo-género… aunque sean ideas construidas. Cuando señalamos que una idea es construida, no nos referimos a que “no exista”, sino a que es el proceso de años de interlocución entre individuos, colectivos y estructuras sociales. La naturalización de estas ideas tiene un objetivo claro, volverlas inamovibles, convertir un sistema construido entorno al patriarcado, las relaciones de poder ostentadas por hombres, la cis-heteronorma, el racismo y el capitalismo, entre otras cosas, en parte de la naturaleza humana, mutilando por el camino la diversidad humana y los derechos conquistados por la lucha de generaciones enteras, en la consecución del proyecto fascista.
El proyecto patriarcal, a pesar de las grietas abiertas gracias al trabajo de muchos colectivos y de personas que se atrevieron a poner la cara, el cuerpo o incluso, la vida; se encuentra en un momento de refuerzo. Lo observamos en la polarización en base a género de las nuevas generaciones, en la llamada machoesfera de internet, en cómo la política de ciertos países se ha convertido en un masaje al ego masculino de los hombres que ostentan el poder y de aquellos que los votaron. El proyecto machista es inseparable del proyecto colonial imperialista, una competición por ver quién la tiene más grande (la bandera, el ejército…); una política absolutamente contraria a la vida, cómplice de un capitalismo que mide el mundo y a las personas en base a lo que pueda extraer de ellas. En este contexto, las mujeres, nos seguimos encontrando con salarios muchos más bajos (cuando los hay) y situaciones de una violencia visceral y brutal… y aun así, el sistema continúa marchando gracias al trabajo no remunerado y no reconocido de las mujeres, especialmente las del sur global. Es sobre estas mujeres sobre las que, tras un proceso de migración, recae muchas veces el peso del fracaso del sistema de bienestar y de los cuidados, siendo ellas quienes asumen estas tareas las más de las veces en situaciones irregulares y de explotación, lo cual las hace especialmente vulnerables a sufrir otras violencias y las priva de recursos para poder hacerles frente. Desde hace varios años, desde los feminismos hemos señalado que nuestro sistema de cuidados está en crisis, dado que es un sistema que continúa recayendo de forma desproporcionada sobre las mujeres, y que van mucho más allá del hogar o la familia, cuidamos también en el trabajo, en los espacios de aprendizaje, en las asambleas, en los grupos de amigos… En definitiva, realizamos un trabajo imprescindible para sostener la vida.
Retornando el proyecto imperialista, es especialmente preocupante lo que observamos en territorios donde este proyecto está llegando a sus últimas consecuencias como, por ejemplo, Palestina. Son especialmente peligrosos aquellos discursos que intentan hacernos cómplices de la violencia y de las dinámicas imperialistas patriarcales, generando la idea de que el machismo fuese algo externo a nuestros sistemas, cuando en la realidad los atraviesa profundamente. Estos discursos femonacionalistas y homonacionalistas son incompatibles con el proyecto feminista, el cual no podemos entender sin que sea decididamente anti-imperialista. Estos discursos son muy preocupantes, dado que, generan una falsa dicotomía en la que ciertos países, supuestamente defensores de derechos, “civilizan” a otros. Estos son discursos supremacistas que pretenden que las feministas seamos cómplices de sus proyectos imperialistas y, además, invisibilizan el machismo que se da en esos países supuestamente civilizados. Genera, además, unas narrativas que secuestran la agencia de las feministas de esos otros países, reduciéndolas a un premio a ser rescatado por salvadores blancos. El proyecto feminista consiste en la abolición del capitalismo y el patriarcado, en ir a la raíz de estos sistemas que atentan contra la propia vida y sustituirlos por sistemas capaces de mantenerla. Frente a las necropolíticas, el feminismo es una apuesta por la vida.
Es por eso por lo que entendemos la lucha contra la transfobia, la LGTBI+fobia y las violencias machistas, racistas, capacitistas, etc; como un campo de batalla feminista. La mirada interseccional ha traído aprendizajes que han convertido la lucha feminista en una lucha más colectiva que nunca, una lucha que comprende cómo las distintas violencias y sistemas patriarcales se entretejen en el proyecto machista y obligan por lo tanto a hacerles frente entendiendo la violencia normativa desde una mirada amplia, tejiendo alianzas, redes e iniciativas diversas y feministas, que permitan continuar conquistando derechos en la consecución de un objetivo más grande, la construcción de un mundo más igualitario, justo y libre de violencia.
Mesa feminista de Alternatiba